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Sylvia Plath (1932-1963)
EVA ISABEL RUIZ BARRIOS |
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Silvia Plath nació en Boston, Massachussets, Estados Unidos, el 27 de octubre de 1932. A la edad d Es una de las voces claves de la poesía del siglo XX, considerada por algunos críticos una exponente de la poesía confesional. Los elementos biográficos están plenamente transmutados por la función universalizadora del mito; su apertura al inconsciente alcanzó un extraordinario desarrollo. Todos, como Silvia Plath, tenemos ese grito sofocado en algún lugar de nuestro interior, pero sólo un gran poeta, un gran creador, puede ir hacia él y tornarlo sinfonía. Con su talento y un total dominio de la lengua, abordó lo que hay de existencial en el padecer de la vida. No hay, como en el caso de Vallejos o Varela, una interpelación a Dios, hay un adentrarse en las sombras del psiquismo, una renuncia a sostener el hilo de Ariadna que podría rescatarla de la muerte, pero no del sufrimiento. Sus poemas dejan ardiendo en las manos muchas de las llagas de nuestro tiempo. Su poesía se caracteriza por sus brillantes metáforas y "por convertir el horror en belleza", como bien dice Maria Julia De Ruschi Crespo en el prólogo de la colección “Los Grandes Poetas”. Su obra: El coloso (1960), Ariel (1965) considerado como su mejor libro de poemas que, al igual que la poesía posterior publicada después de su suicidio, refleja una obsesión creciente por la muerte. Poemas completos, que ganó el Premio Pulitzer en 1982, fue editado por su marido en 1981. La campana de cristal (1963), novela que publicó con el seudónimo de Victoria Lewis. Su correspondencia: Cartas a casa, 1950-1963, preparada por su madre se publica en 1975. Otras obras, publicadas póstumamente, son Cruzando el agua (1971) y Árboles de invierno (1972), ambos libros de poesía, y Johnny Panic y la Biblia de sueños, libro de cuentos. El 11 de septiembre de 1963 se suicidó.
FILO es el último poema
La mujer alcanzó la perfección. Su cuerpo
muerto muestra la sonrisa de realización; La apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga; sus pies
desnudos parecen decir: hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes, uno a cada pequeña
jarra de leche, ahora vacía. Ella los ha plegado
de nuevo hacia su cuerpo; así los pétalos de una rosa cerrada, cuando el jardín
se envara y los olores sangran de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse, mirando con fijeza desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Traducción Jordi Doce Poemas publicados en su bitácora: Perros en la playa
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