Mira, anda, mírale le los ojos

                                                                                                 Eva Isabel Ruiz Barrios

 

 

-Mírale los ojos, Carla, míraselos por mí... anda,  mira si tiene sus ojos... el lunar, Carla, fíjate en el lunar... mírale los ojos.
-Duérmete, Silvina, todo está bien, ya pasa, ya pasa...
-Ven, de este lado, ella no siente nada, no hay peligro. Ven y mira, (creen que saben todo). Ven, te digo.
Las dos piernas hincadas de Silvina le parecieron dos abruptas montañas de la que se extraían sus vísceras, la sangre caía en una tenue lluvia sobre un trapo extendido en el suelo, los ojos le pesaban como rieles sobre su miedo y la orden de esa voz filosa.
-¿Qué edad tienes?
-Catorce, doctor, catorce.
-Quédate y mira, así cuando se despierte, le cuentas y la próxima vez tiene más cuidado.
Un quejido con su nombre retumbó como una pelota de tenis.
-No le hagas caso, delira por la anestesia -dijo y forcejeó dentro de Silvina con los dientes de un largo estilete que mordía un bracito, una pieza que regodeó frente a los ojos de Carla.
Carla se tambaleó.
-Qué floja eres, muchacha, al final me resultaste una gallina. Hay que pensar antes, no llorar después... y siguió retorciendo su tenaza dentro del túnel de Silvina,  (mamá,  ésa es la muñeca que quiero, me portaré bien, haré los  deberes, ésa es la muñeca que quiero, ésa y no otra).
Miembros diminutos se precipitaban en la rugosidad del trapo, ahora rojo.
-(Ay, amiga, si pudieras entrar en mi corazón, lo verías ennegrecerse con esta sangre... Carla, lo amo, cuánto lo amo, pronto nos iremos a vivir juntos. La primera vez que hice el amor con él me desmayé, y no te lo conté, Carla, no te lo conté...).
-Tengo el dinero, Silvi, lo conseguí... vendí algunas cosas.
-Mírale los ojos, Carla.
-No se los veo, Silvi, no se los veo... quédate tranquila.
-Nena, ya falta poco, no te olvides del resto del dinero.
El acero de esa voz rebanó sus sentidos y trató de reponerse.
- No, doctor, (Para eso te mando a los mejores colegios, quiero que estudies medicina, que te dejes de jorobar con tus amigas y la termines con ese atorrante que aparece cuando quiere. Lo que necesites lo tendrás, no importa los sacrificios que haga, no te pasará lo que a mí.)
-Mírale los ojos, Carla,  de qué color son...
-Son del color de la muerte, Silvi, de la nada, de la puta suerte, por qué carajo estamos acá-. Silvina estiró el brazo hacía Carla y sus manos se encontraron en un jardín oscuro.
-Ya está, dijo el médico, y, recogiendo el trapo, intentó tirarlo.
-No, no lo tire, démelo que lo llevamos.
-Muchacha, estás loca...
-Démelo, si no, la plata no la va a tener.
-Está bien, haz lo que quieras-, y, al alejarse, refunfuñó -son todas locas-.

Media hora transcurrió para que Silvina se despertara, lo primero que miró
fueron los brazos de Carla que sostenían lo que celosamente cubría una manta.
-¿Es?...
-Sí, es. Pensé que estarías de acuerdo
-Déjame sostenerlo, ¿le viste el lunar?  (te digo que no falla, no me gusta
hacerlo con esa cáscara de nylon, te quiero sentir, además no tengo y estamos al rojo).
Carla no contestó.
-¿Qué haremos?...
- Sepultarlo.
Silvina estrujó la manta contra su pecho. Carla abrió el bolso que llevaba y
Silvina entendió y, lentamente, lo enterró en su interior.
Cruzaron una sala vacía y el cerrojo de la puerta chirrió tras ellas.
Hacía mucho calor en el cementerio. Sentadas en un banco, esperaron y
esperaron, esperaron que la poca gente que había se retirara, que las sombras ensordecieran sus cuerpos para que no las vieran. Silvina se quejaba de vez en cuando y Carla mojaba un pañuelo y se lo pasaba por la frente. El bolso estaba entre medio de ellas.
Cuando entraron al depósito, sintieron un olor oscuro de moluscos
descompuestos. Caminaron entre largas filas de féretros desordenados.
-Creo que es por aquí- dijo Silvina, y llevó la mano a su ingle derecha en gesto de dolor.
Se detuvieron casi al final, ante un ataúd de medio metro, con una
pequeña cruz y una placa de bronce que decía: Cintia Moraes.
-¿Cómo sabes que podremos abrirlo?
-No lo sé, dijo Carla, pero no tenemos otro lugar; si ha tenido dos autopsias, es posible que no esté sellado.
-Silvina, tú no puedes hacer esfuerzos, déjame a mí -dijo entre dientes
e improvisó un banco con una lata que había a un costado. Puso el bolso bien cerca, braceó bastante antes de conseguir mover la tapa y finalmente
abrirla, un olor fétido la descompuso, y vomitó.
-No la miraré, Carla, tú la miraste por mí, no lo soportaré.
Rezaron frente al cajón y luego extendieron la manta, sacaron lentamente el bulto pequeño que dejaron en el suelo. Rezaban y
lloraban, lloraban y rezaban. Carla tomó los restos, aprisionándolos  con suavidad, y lo depositó dentro del cajón. Silvina la ayudó con la tapa, mientras entre sollozos y con la barbilla apretada contra su hombro derecho, musitaba: -Ciérrale los ojos, Carla, ciérrale los ojos.

 

 

DEL LIBRO "I ANTOLOGÍA DE NARRATIVA CORTA HISPANOAMERICANA" - LA VOZ DE LA PALABRA ESCRITA INTERNACIONAL

 

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Eva Isabel Ruiz Barrios.

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Revisado: 14 de abril 2012